
La idea le surgió cuando un fabricante de balaustradas le pidió un elemento que le permitiera fijar bien los muebles de pared. La respuesta del inventor fue una suerte de “enchufe” de plástico con ranuras y dientes que permitiera aprisionar los tornillos y evitara que éstos se doblaran al entrar en la pared. No solo patentó la idea, sino que a partir de ella desarrolló todo tipo de anclajes y pasadores, de plástico y de acero, incluso algunos específicos para la medicina traumatológica, que los utiliza para resolver las fracturas de huesos.
Fischer mismo contaba cómo su pasión por inventar objetos o mecanismos se le convirtió en un hábito frente a cualquier problema que se le presentara y relataba, como ejemplo, un episodio que ocurrido en un hotel donde estaba pasando las vacaciones. En una conversación trivial, el dueño del establecimiento se quejó de quelos huéspedes tenían dificultades para cortar el huevo duro que se les servía con el desayuno. Días más tarde, ya en su taller de diseño, el inventor desarrolló el aparato que hoy conoce todo el mundo, donde se apoya el huevo duro y al bajar una suerte de “tapa” con filos queda cortado en rodajas perfectas. Frente a problemas similares, con el correr de los años, desarrolló portabotellas, porta CDs, guanteras para autos, taladros, morteros con agregado de cemento y hasta mecanismos de ventilación específicos para el aire acondicionado.
Otro de los inventos más populares de Arthur Fischer surgió a partir de la necesidad de hacer un regalo diferente. A mediados de la década de los ´60, con la empresa ya afianzada, el inventor buscó hacer un obsequio navideño que fuera novedoso, destinado a los hijos de sus empleados y contratistas. Se trataba solo de eso, pero el resultado se convirtió en uno de los juguetes más famosos del siglo XX. Fischer ideó un conjunto de bloques y otros elementos que se podían encastrar para construir distintos objetos. Así nació el primer set de Fischertechnick, pionero de otros juegos muy similares, como los Lego o los playmobil, desarrollados después por otras empresas.

Del taller al mundo entero
Aquel primer taller de Artur Fischer se desarrolló hasta dar lugar a una cincuentena de fábricas diseminadas en más de treinta países. El producto estrella sigue siendo el famoso “taco”, cuya producción alcanza niveles siderales: unos 14 millones por día. Quienes visitan la fábrica central, en Tumlingen, en la Selva Negra, se sorprenden por el ritmo de trabajo que alcanza una cadena de robots controlados por un grupo de trabajadores especializados que verifican que todo marche bien sin hacer ningún esfuerzo físico.
A pesar de su impresionante desarrollo, el Fischer Holding sigue siendo una empresa familiar, que en la actualidad dirige Klaus, el hijo de Arthur. El inventor le cedió la conducción a mediados de la década de los ‘80, pero no porque quisiera retirarse sino para dedicar más tiempo a su pasión: inventar nuevos productos en la oficina de diseño.
Lo siguió haciendo casi hasta su muerte, a los 96 años, el 27 de enero de 2016, en Waldachtal en la Selva Negra, donde fueron enterrados sus restos. Si se revisan los perfiles que se publicaron por su fallecimiento, en casi todos se repite una de sus frases, la que define su filosofía como inventor: “No se inventa lo que no se tiene, sino aquello con lo cual uno ha jugado”.


