San Juan: entre el mito productivo, la presión minera y la urgencia de un modelo sostenible Más allá del subsuelo, el potencial desaprovechado de San Juan

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  • San Juan: entre el mito productivo, la presión minera y la urgencia de un modelo sostenible
    Más allá del subsuelo, el potencial desaprovechado de San Juan

Santo Domingo – may. 05, 2026

El debate minero revela la fragilidad del modelo actual. (FUENTE EXTERNA)

En San Juan de la Maguana se está librando un debate que trasciende lo ambiental. No es solo una discusión sobre minería sí o no; es, en esencia, una disputa sobre el modelo de desarrollo que debe definir el futuro de una de las provincias más rezagadas —y a la vez más prometedoras— de la República Dominicana.

El movimiento social contra la minería ha logrado algo poco común en el país: construir una narrativa poderosa, emocionalmente efectiva y estratégicamente amplificada. Ha posicionado a San Juan como un territorio que debe defenderse, un espacio donde el agua, la vida y la identidad están en juego. Y en lo fundamental, ese planteamiento es legítimo. El pueblo sanjuanero tiene pleno derecho a decidir su destino, incluso si esa decisión implica renunciar a oportunidades económicas de corto plazo.

Pero el derecho a decidir no sustituye la obligación de hacerlo con rigor.

Durante décadas, San Juan ha sido etiquetada como «El Granero del Sur». Sin embargo, esa identidad, más que una realidad sólida, ha funcionado como un mito político convenientemente repetido. Los indicadores sociales revelan otra cara: bajos niveles de desarrollo humano, alta pobreza rural y una economía fragmentada, con escasa capacidad de generar valor agregado.

La base agrícola que sostiene ese relato también muestra signos de agotamiento. La caída dramática en la producción de cultivos clave, afectada por sequías, plagas y baja tecnificación, evidencia un sistema vulnerable. No se trata de negar el potencial agrícola, sino de reconocer que ese potencial no se traduce automáticamente en bienestar.

Aquí es donde el debate minero se vuelve peligroso cuando se simplifica.

Rechazar la minería en San Juan no es, en sí mismo, un error. De hecho, existen argumentos sólidos para cuestionarla: riesgos ambientales, presión sobre los recursos hídricos y beneficios económicos concentrados y temporales. Apostar por la extracción minera en una zona con vocación agrícola y ecológica puede comprometer de forma irreversible su sostenibilidad.

San Juan tiene mucho más que ofrecer fuera del subsuelo.

Su potencial ecoturístico sigue prácticamente intacto: montañas, ríos y paisajes que podrían integrarse a un circuito de turismo sostenible capaz de generar ingresos permanentes. Su riqueza histórica y cultural —frecuentemente ignorada— puede convertirse en un eje de desarrollo si se articula con inteligencia. Y su vocación agrícola, lejos de abandonarse, necesita transformarse: tecnificación, agroindustria, diversificación y acceso a mercados.

Ese es el verdadero dilema.

La alternativa a la minería no puede ser la inercia. No basta con defender el territorio; hay que redefinirlo productivamente. Hoy por hoy, gran parte de la economía sanjuanera depende de una fuerte intervención del Estado: subsidios, inversión pública, financiamiento agrícola. Esto ha evitado un colapso mayor, pero no ha generado un modelo autosostenible.

El riesgo no es decirle no a la minería. El riesgo es no tener un sí creíble.

El movimiento social ha sido eficaz en movilizar emociones, pero todavía está en deuda con una propuesta económica estructurada que sustituya lo que se rechaza. Y ahí está su mayor desafío —y su mayor oportunidad—: transformar la resistencia en agenda, la protesta en proyecto.

San Juan no debe ser explotada como enclave minero. Debe ser desarrollada como territorio vivo: agrícola, ecológico e histórico. Pero ese modelo no ocurrirá por inercia ni por discurso. Requiere planificación, inversión sostenida, articulación público-privada y presión social inteligente.

Porque al final, la verdadera riqueza de San Juan no está enterrada bajo tierra. Está en su capacidad de reinventarse sin destruirse.

Y esa decisión, más que ideológica, es profundamente estratégica.

Por: Giovanny Matos

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